Los días pasaban, y aunque el dolor no se iba del todo, Erica comenzaba a respirar con algo de paz. En casa de Gabriela se sentía diferente. Había un calor que no conocía, uno que no venía de una estufa sino de las miradas sinceras y el afecto sin condiciones. Lautaro era una presencia constante, silenciosa y amable. Gabriela, una guía maternal que no necesitaba hablar mucho para hacerse entender.
Incluso Jenifer, para su sorpresa, había empezado a tratarla con respeto. No se abrazaban ni compa