El sol pegaba con fuerza en el cielo despejado, mientras los jugadores corrían sin descanso sobre la cancha de entrenamiento. El profesor Sergio no daba tregua. Los gritos se escuchaban desde lejos: indicaciones, correcciones, y alguna que otra queja ahogada por la transpiración. El entrenamiento después de la humillación del fin de semana había comenzado con intensidad brutal.
Desde una mesa al costado del gimnasio, Lautaro observaba todo con la pierna estirada y el tobillo vendado. Había cami