El cielo estaba encapotado esa tarde, pero no caía una sola gota. En el campo de entrenamiento, los pasos resonaban huecos, sin el bullicio habitual. Lautaro llegó más temprano de lo habitual. Lo esperaba el entrenador Sergio, parado junto al banco de suplentes, con los brazos cruzados y una expresión difícil de descifrar.
—¿Todo bien, profe? —preguntó Lautaro, acercándose.
Sergio lo miró fijo. Después de unos segundos, asintió con la cabeza, como si hubiera tomado una decisión importante.
—No.