Mientras la cita de Lautaro y Jenifer seguía, Tiago llegó a su casa con la mochila colgando de un solo hombro, los auriculares puestos y una rabia cocinándosele por dentro. Apenas abrió la puerta, se los quitó de un tirón y los tiró sobre la mesa.
—¡¿Se puede saber qué carajo está pasando en ese club?! —gritó mientras se sacaba la campera y la arrojaba contra el respaldo del sillón.
Su madre, Marcela, salió de la cocina secándose las manos con un repasador. Su padre, Darío, bajó el volumen del