Vincent se fundió con la oscuridad del bosque, y una calma relativa volvió a descender sobre el jardín de Kaila. La sanadora no se movió de su mecedora durante un largo minuto, observando el punto donde la silueta de su Alpha se había desvanecido. Luego, suspiró y, sin volverse, habló en voz lo suficientemente alta como para ser escuchada desde la casa.
—¡Puedes salir! —Kaila continuó meciéndose mientras tomaba su abanico—. ¡No eres tan sigiloso como crees! Y deja de escuchar conversaciones que