Vincent y Lara observaron, con una mezcla de alivio y nueva preocupación, cómo Luisa se alejaba unos pasos de ellos. Su rostro, normalmente sereno, estaba pálido como la cera, y su respiración era un poco entrecortada. El esfuerzo del ataque psicológico y su desesperada jugada habían pasado factura.
—Gracias —dijo Vincent, su voz era un ronroneo grave y genuino.
Luisa le dirigió una sonrisa cansada, un leve movimiento de labios que no llegó a sus ojos grises, ahora opacos por la fatiga.
—No hay