Se detuvo al borde de la propiedad, bajo la sombra de un viejo roble, respirando el aire frío que no lograba calmar el fuego interno que Lana había desatado en él. No entraría. No podía. Bastante tenía con el torbellino en su propia cabaña, con la mujer cuyo destino estaba irrevocablemente unido al suyo y que ahora lo temía. Intervenir en el drama de Axel, por mucho que le preocupara la seguridad de la humana, no era su lugar. Su hermano tenía que librar sus propias batallas.
El chirrido de la