La sala era pequeña, de paredes grises y mobiliario funcional. Dalia estaba sentada en una silla de plástico, con las manos cruzadas sobre las rodillas y la mirada perdida en la puerta. No había ventanas, solo una luz fluorescente que zumbaba en el techo como un insecto atrapado, lanzando destellos intermitentes que parecían contar los segundos de una espera interminable.
La puerta se abrió sin avisar. Maite entró con pasos rápidos, cerró detrás de sí y se apoyó contra la pared, como si hubiera