El operativo había comenzado justo a las seis y treinta de la mañana. La orden de detención llevaba el sello del fiscal jefe y la firma de Velasco, que la había entregado con una sonrisa de triunfo mal disimulada. Dos detectives, asignados por su discreción y eficacia, habían recibido la orden de ejecutarla sin hacer ruido y sin llamar la atención de los medios.
El detective Sergio Herrera, de cuarenta y cinco años, tenía treinta años en el cuerpo y una intuición que pocas veces le fallaba. Su