La luz fluorescente zumbaba en el techo, proyectando una claridad fría y blanca sobre la mesa metálica. Dalia Scott estaba sentada con la espalda recta, las manos cruzadas sobre la superficie pulida y la mirada fija en el espejo de visión unidireccional. No había tensión en sus hombros. No había inquietud en sus dedos. Solo una calma serena que desafiaba toda lógica.
La puerta se abrió y entraron Velasco y Maite. El fiscal adjunto llevaba la chaqueta desabrochada, el rostro tenso y los ojos bri