Mundo ficciónIniciar sesiónIsabella Mancini es una joven y virtuosa artista cuya realidad cambiará completamente al mudar su vida a Italia. Nicolás Russo, el implacable Capo di tutti capi de la 'Ndrangheta calabresa. Obsesionado con ella desde que tenía dieciséis años, ha actuado como su protector silencioso, manteniéndola a salvo de todo lo que la rodea desde que la vio en Nueva York. El delicado equilibrio se rompe cuando Isabella plasma los intensos ojos de su protector en su obra maestra, "La penumbra", desatando una conexión innegable. Casi de inmediato, un ataque violento obliga a Nicolás a no estar más en las sombras. Entre el shock de saber quien es y el acecho de una inminente guerra de mafias, Isabella deberá decidir si huir del peligro exterior o entregarse a la devoción de un hombre implacable, dispuesto a quemar el mundo entero con tal de no perderla. Una novela de obsesión, secretos y un amor tan peligroso como el abismo.
Leer másCAPÍTULO 13: Sus labios son míos Nicolás Llegamos al club mucho antes que mi ángel. Lo sabía con absoluta precisión porque mi red de seguridad ya cubría cada esquina de la ruta que ellas estaban tomando desde su casa. Lorenzo y yo nos acomodamos en una mesa privada de la zona VIP del segundo piso, un punto estratégico que nos otorgaba una visión panorámica y perfecta de todo el lugar, el cual ya estaba atestado de gente y con la música retumbando en las paredes. En cuanto entramos, varias mujeres de la alta sociedad neoyorquina intentaron acercarse a nosotros, desplegando sus tácticas de coqueteo baratas. Las ignoramos con una frialdad cortante; no queríamos a nadie cerca. No existía mujer en este mundo que lograra captar nuestra atención. Solo esperábamos a nuestras ninfas. Lorenzo estaba sumamente inquieto, moviendo la pierna con impaciencia. Incluso sugirió la idea de bajar a hablarles directamente en cuanto pusieran un pie en el club, pero lo frené en el acto. —Aún no pode
CAPÍTULO 12: La fiesta Isabella El gran día finalmente se materializó ante nosotras. La graduación de la preparatoria marcaba el fin de una era, y Laurent y yo habíamos decidido pasar toda la tarde alistándonos juntas en mi habitación, entre canciones de moda, fijador de cabello y risas nerviosas. Nuestros vestidos eran un verdadero espectáculo de alta costura que papá había costeado con orgullo. El mío era de un satén verde esmeralda profundo que contrastaba de forma celestial con la palidez limpia de mi piel y hacía resaltar de manera magnética el destello asimétrico de mis ojos azul y verde; se ceñía con delicadeza a mis 1,65 metros de estatura y dejaba caer mi cabello negro en ondas perfectas por la espalda. Laurent, por su parte, lucía despampanante con un vestido azul marino de escote halter que abrazaba sus curvas a la perfección, domando su hermosa melena de rizos castaños con un peinado semirrecogido. Cuando bajamos las escaleras cogidas del brazo, el recibimiento nos r
CAPÍTULO 11: Mi vida cambió por completo Nicolás Los días se arrastraban y las semanas se convertían en una lenta agonía. Cada maldito segundo que pasaba, la ausencia de mi ángel se volvía una tortura más sofisticada. Isabella ya no era un pensamiento pasajero; se había transformado en mi obsesión más absoluta, un veneno dulce que corría por mis venas y gobernaba mis noches en Calabria. Exigía los informes de Adam con una puntualidad militar; si se retrasaban cinco minutos, mi despacho temblaba. Las fotografías analógicas de ella caminando hacia el instituto, sonriendo o simplemente sumergida en sus bocetos eran lo único que lograba apaciguar la bestia que llevaba dentro. Después de un mes de purga implacable, las cosas en la organización finalmente se alinearon. Cambié rutas de contrabando en el Mediterráneo, ejecuté a jefes de plaza incompetentes y reestructure las operaciones financieras. La mafia calabresa necesitaba recordar con sangre y fuego quién era Nicolás Russo. Una v
CAPÍTULO 10: Me gustaría saber quién eres Isabella Los dias habían pasado volando desde que papá recuperó su compañía. Le iba increíblemente bien; siempre decía que su socio europeo estaba más que complacido con el rumbo que tenía, lo cual nos llenaba de un orgullo inmenso. Todavía recordaba con extrañeza el mismísimo día en que papá reasumió el mando. Yo estaba saliendo del instituto cuando un coche de un lujo obsceno estacionado a lo lejos capturó mi atención. No sé por qué, pero sentí una vibración extraña, como si la mirada de quien estuviera detrás de esos cristales blindados estuviera fija exclusivamente en mí. El coche se marchó perdiéndose en el tráfico de Nueva York, y Laurent y yo simplemente regresamos a nuestro eterno y estresante ritmo de estudio. Hasta que, por fin, llegó el tan esperado día de mi cumpleaños. Estaba genuinamente feliz. El plan era perfecto: pasaría la tarde quejándome del sistema educativo con mi mejor amiga y, por la noche, mi familia me arrastraría
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