La puerta de piedra se cerró tras Dalia con un golpe sordo, y ella sintió que el aire de la calle le golpeaba el rostro como un mazazo. Lo he hecho, pensó, mientras caminaba hacia el coche negro que la esperaba en la esquina. Maite ha entendido la señal. Ha mordido el anzuelo sin romperlo.
El coche arrancó en cuanto la puerta se cerró. Andrea estaba en el asiento trasero, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Damián conducía, atento a los espejos retrovisores. Lucas, en el asiento del cop