La luz tenue de las lámparas de aceite dibujaba sombras danzantes en las paredes de piedra. El reservado olía a vino y a hierbas secas, como siempre. Pero el aire era diferente. Cargado. Elástico. Como una cuerda que iba a romperse.
Maite llegó primero. Se sentó con la espalda recta, las manos sobre la mesa, los dedos entrelazados. Su coleta estaba impecable, su chaqueta azul marino sin una arruga. Pero sus ojos, marrones y brillantes, delataban la tormenta que llevaba dentro.
Está aquí, pensó