El sol de los Hamptons comenzó su descenso, tiñendo el cielo de una amalgama de violetas, naranjas y oros, como si la naturaleza misma hubiera decidido rendir homenaje a la mujer que se negaba a ser ceniza.
El aire estaba impregnado de la fragancia de miles de rosas blancas y el frescor salino del Atlántico, que golpeaba rítmicamente contra las rocas, muy por debajo de los jardines de The Cliffs.
Aquella tarde, la propiedad no parecía el bastión de secretos que solía ser.
Los jardines habían si