El silencio de los Alpes suizos no era el silencio opresivo de las ciudades, sino una sinfonía sorda de nieve cayendo sobre los abetos y el crujir lejano de los glaciares.
El aire era tan puro que quemaba los pulmones de una forma deliciosa, una pureza que Aria — ahora Sterling, irónicamente — sentía que finalmente compartía con su propia alma.
Habían aterrizado en Ginebra y un helicóptero privado los había dejado en el mismo valle recóndito donde, meses atrás, llegaron con el miedo pegado a la