El coche ascendía por la carretera serpenteante que bordeaba la costa de los Hamptons.
La lluvia que los había bautizado a la salida de la prisión había dado paso a una noche de una claridad sobrenatural.
El aire, lavado de toda impureza, transportaba el rugido del Atlántico con una nitidez que hacía vibrar los cristales. Aria miraba por la ventana, viendo cómo los faros cortaban la oscuridad, iluminando los pinos plateados por la luna.
Killian conducía en silencio, pero no era ese silencio te