La luz de la mañana en los Hamptons tenía una cualidad líquida, como si el sol se filtrara a través de una copa de champán.
En la suite principal de la mansión Vanderbilt, el ajetreo era constante pero armonioso, un contraste absoluto con el silencio sepulcral que había reinado en esas paredes durante quince años.
El aire olía a peonías frescas, laca de uñas y ese aroma dulce y nostálgico del té Earl Grey que Eleanor siempre preparaba cuando la felicidad empezaba a asomar por las ventanas.
Aria