El aire en el departamento estaba saturado de un magnetismo pesado, una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Aria se erizara.
Killian Sterling no se movía. Permanecía de pie, frente a la amplia cristalera que mostraba la ciudad como un tablero de ajedrez bajo la lluvia, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de sastre.
El silencio era un arma blanca cortando la distancia entre ellos tras la escena en el centro de detención, Aria todavía sentía el calor d