LAURENTH
El pueblo estaba radiante. Los puestos recién construidos mostraban vigas firmes, techos reforzados y colores vivos. La gente nos miraba con sonrisas que parecían encender las calles mismas. Al vernos pasar, inclinaban la cabeza hacia Kaelan, y luego… hacia mí.
—¡Luna Laurenth, gracias por esto! —exclamó una anciana, estrechando mis manos—. Sin duda, usted es una bendición de la diosa para nuestra manada.
Me quedé congelada.
—Yo… yo no soy luna —balbuceé, sintiendo el calor subir a mis