MILA
Desperté con el sonido del viento acariciando las cortinas.
El amanecer teñía la habitación con tonos dorados y suaves, y por un momento me quedé quieta, abrazando la almohada, dejando que mi cuerpo —aún un poco adolorido por tantas emociones— recordara dónde estaba.
La casa olía a leña, a pan recién horneado… y a él.
A Rhyd.
Su aroma a tierra mojada y pino seguía impregnado en cada fibra de mi piel y en cada rincón de su habitación.
Me giré, buscando su calor a mi lado, pero la cama esta