El rugido constante del avión privado se mezclaba con el silencio pesado que envolvía la cabina. Thiago permanecía con los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas y los ojos fijos en la alfombra oscura, como si buscara allí alguna respuesta imposible.
Valeria, recostada en el asiento contiguo, lo observaba. Tenía la piel más pálida de lo normal, quizá por el agotamiento de los últimos días, quizá por el peso insoportable de la incertidumbre. Le tomó la mano con suavidad.
—No pode