El jet privado descendió en medio de la penumbra helada de Masuria, un pequeño pueblo polaco cubierto de nieve. El silencio solo era interrumpido por el rugido de los motores apagándose y el eco metálico de las botas de la policía local esperando en la pista. Thiago descendió primero, con el rostro endurecido, seguido de Valeria, envuelta en un abrigo grueso que apenas disimulaba su cuerpo post parto.
—Deberías quedarte en el avión —le susurró él, con un dejo de súplica.
—No me pidas eso. Es mi