El amanecer en Masuria tenía ese color metálico que se quedaba pegado en la piel. El lago estaba en calma, pero dentro de la casa la tensión se espesaba como humo.
Rubio repasaba una y otra vez las notas en su libreta, cada línea un recordatorio de que el tiempo jugaba en su contra. El proyecto debía comenzar. No podían seguir postergando pruebas, protocolos, ni la instalación del equipo que había conseguido a través de canales demasiado caros como para dejarlos sin uso.
En el comedor, Novak se