El viento de Masuria soplaba helado sobre el lago, arrastrando hojas secas que crujían contra las tablas de un viejo muelle. Allí, entre la bruma y el silencio de un pueblo que parecía detenido en el tiempo, el Dr. Adrian Novak esperaba. Su bata blanca había quedado atrás; ahora llevaba un abrigo oscuro, las manos en los bolsillos y la expresión de un hombre atrapado en un dilema.
Unos pasos firmes rompieron la calma. Desde la otra orilla apareció Marek Zielinski, impecable en un traje gris, co