El lago amanecía inmóvil, una lámina gris bajo un cielo espeso. La casa antigua respiraba madera y silencio. En el cuarto del fondo, donde antes hubo un salón de té, Luciana se balanceaba en una mecedora con el bebé sobre el pecho. Le acariciaba la nuca con el dorso de los dedos, absorta, como si el resto del mundo hubiera quedado detrás de una puerta que nadie sabía abrir.
—Mi pequeño —susurró—. Mi sangre… mi futuro.
La puerta se entreabrió. La Dra. Rubio asomó la cabeza, impecable, bata clara