La nieve caía en silencio sobre los techos de la ciudad, como si intentara amortiguar los gritos que resonaban dentro del hospital.
Thiago caminaba de un lado a otro, con el rostro desencajado, el teléfono en la mano, llamando a contactos, exigiendo respuestas. Valeria, aún débil tras el parto, permanecía en la cama con los ojos desorbitados, incapaz de asimilar que su hijo había desaparecido en cuestión de horas.
—No puede ser… —repetía una y otra vez, apretando las sábanas entre los dedos—. L