Dos semanas.
Catorce días sin escribirle a Lucía.
Y no porque no pensara en ella, sino porque no sabía cómo explicarle lo que me estaba ocurriendo.
No había manera de ordenar todo en un mensaje.
Tampoco de resumirlo sin que pareciera menos importante de lo que en realidad era.
Así que me decidí.
“¿Hoy puedes? Necesito hablar contigo. Urgente. Donde siempre.”
“Te espero a las cinco. No llegues tarde.”
“Gracias.”
“Siempre.”
Lucía ya estaba allí cuando llegué. En la misma mesa de siempre, jun