Desperté antes que él.
El sol apenas se filtraba por la cortina, tibio y tímido, como si supiera que no debía perturbar nada. Estábamos en mi cama, aún vestidos, envueltos en la manta más vieja que tenía, esa de cuadros grises y rojos que siempre raspa un poco, pero abriga más que cualquier otra. Su brazo me rodeaba la cintura con una naturalidad que asustaba. No se movía. Su respiración era lenta, rítmica. Perfecta.
Me quedé quieta. No quería despertarlo. No quería que ese momento se acabara.