Todavía sentía el cosquilleo de los lirios que Alex me había dado horas antes, como si cada pétalo se hubiera quedado suspendido en mi memoria. Caminar a su lado y de su mano por Ginebra había sido suficiente para arrancarme de las sombras del hospital y devolverme una especie de vida. Pero cuando se detuvo frente a aquella tienda de vestidos, no pude evitar mirarlo con desconcierto. Una boutique de escaparates iluminados con maniquíes que parecían flotar en medio de telas largas y vaporosas.
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