El silencio que quedó tras la noticia me pareció insoportable. Era un silencio espeso, que ni siquiera los sollozos contenidos de Alex lograban quebrar. Yo lo sostenía entre mis brazos, temiendo que si lo soltaba, se desplomaría en el suelo del pasillo como un niño desvalido.
La doctora, de pie frente a nosotros, no insistió. Sus ojos transmitían compasión, pero también la frialdad inevitable de quien ha repetido ese anuncio demasiadas veces en su vida.
—Pueden pasar a verla —dijo al fin, con voz baja, casi un susurro que se deshacía en el aire.
Alex levantó la cabeza lentamente. Sus ojos estaban rojos, hinchados, y la piel de su rostro parecía arder bajo la presión de tantas lágrimas. Sin embargo, en medio de ese dolor incontenible había algo en su mirada: una determinación extraña, como si necesitara reunir hasta la última chispa de fuerza para atravesar esa puerta que lo separaba de la despedida más cruel de su vida.
Le acaricié la mejilla, secando sus lágrimas con mis pulgares.
—V