El silencio que quedó tras la noticia me pareció insoportable. Era un silencio espeso, que ni siquiera los sollozos contenidos de Alex lograban quebrar. Yo lo sostenía entre mis brazos, temiendo que si lo soltaba, se desplomaría en el suelo del pasillo como un niño desvalido.
La doctora, de pie frente a nosotros, no insistió. Sus ojos transmitían compasión, pero también la frialdad inevitable de quien ha repetido ese anuncio demasiadas veces en su vida.
—Pueden pasar a verla —dijo al fin, con v