El roce de sus labios aún ardía en mi boca cuando lo vi alejarse, con esa calma elegante que lo caracterizaba. Alex había inclinado apenas su rostro, había rozado mi mejilla primero y luego, con una ternura que me desarmó, me besó suavemente en los labios. No fue un beso largo, sino de esos que dicen más de lo que las palabras alcanzan a expresar.
—Tómate tu tiempo —susurró con esa voz grave que me erizaba la piel—. Te recojo a las ocho y media. Te quiero.
Las últimas dos palabras me dejaron tem