Mundo ficciónIniciar sesiónValentina Montenegro, una estudiante de Literatura con una cardiopatía congénita, escribe poemas sobre su corazón defectuoso en un cuaderno negro que jamás deja que nadie lea. Alex Chaves, un estudiante de Medicina con talento para la poesía macabra y un pasado familiar marcado por el alcoholismo, irrumpe en su vida cuando lee sin permiso sus versos y los transforma con palabras que duelen más de lo que Valentina está dispuesta a admitir. Lo que comienza como una batalla de egos entre dos almas rotas —ella, que escribe para esconderse; él, que escribe para confrontar— se convierte en una conexión peligrosa. A través de intercambios de cuadernos llenos de versos crudos y confesiones no dichas, Alex y Valentina descubren que sus heridas se reflejan: su miedo al abandono, su lucha contra cuerpos que los traicionan (el corazón de ella, el hígado de su padre) y su necesidad desesperada de ser entendidos sin lástima. Entre aulas universitarias, viajes improvisados a Roma y noches bajo constelaciones que Alex estudia para olvidar su estrés, la línea entre el amor y el dolor se difumina. Pero cuando la salud de Valentina empeora y Alex debe enfrentar la posibilidad de perderla, ambos tendrán que decidir si su historia es un "hasta que la muerte nos separe" o un "a pesar de todo, esto vale la pena".
Leer másSalimos de la habitación como dos náufragos que han conseguido, por un instante, alcanzar la orilla: tambaleantes, con el cuerpo empapado de un dolor que ya no tiene nombre. El silencio del pasillo nos recibió de nuevo, pero esta vez no era el silencio expectante de antes; era el silencio que sigue al derrumbe, lleno de papeles, protocolos y pequeñas tareas que se imponen con la misma brutalidad que la ausencia.La enfermera que nos acompañó tenía una libreta electrónica y una voz que intentaba no sonar urgente. Nos dijo cosas que yo escuchaba como a través de una niebla: que había que firmar; que el médico jefe redactaría el certificado de defunción; que el servicio de duelo del hospital podía orientar sobre funerarias; que había que decidir si queríamos velarla, enterrarla, cremarla. Cada palabra le caía a Alex como una gota helada; yo notaba cómo su mandíbula se apretaba para sostener algo que no tenía nombre, y sin pensarlo más me fui colocando entre él y la lluvia.—Yo me encargo
El silencio que quedó tras la noticia me pareció insoportable. Era un silencio espeso, que ni siquiera los sollozos contenidos de Alex lograban quebrar. Yo lo sostenía entre mis brazos, temiendo que si lo soltaba, se desplomaría en el suelo del pasillo como un niño desvalido.La doctora, de pie frente a nosotros, no insistió. Sus ojos transmitían compasión, pero también la frialdad inevitable de quien ha repetido ese anuncio demasiadas veces en su vida.—Pueden pasar a verla —dijo al fin, con voz baja, casi un susurro que se deshacía en el aire.Alex levantó la cabeza lentamente. Sus ojos estaban rojos, hinchados, y la piel de su rostro parecía arder bajo la presión de tantas lágrimas. Sin embargo, en medio de ese dolor incontenible había algo en su mirada: una determinación extraña, como si necesitara reunir hasta la última chispa de fuerza para atravesar esa puerta que lo separaba de la despedida más cruel de su vida.Le acaricié la mejilla, secando sus lágrimas con mis pulgares.—V
El taxi parecía avanzar demasiado lento, aunque el conductor iba sorteando el tráfico con una prisa que yo apenas podía registrar. Afuera, la ciudad despertaba con normalidad, pero para nosotros todo estaba suspendido, como si Ginebra hubiera quedado atrapada en un vidrio empañado, borrosa e inaccesible.Alex iba a mi lado, con la mirada fija en la ventana. No decía nada. Apenas respiraba, como si temiera gastar energía en un movimiento tan simple. Su mano estaba entrelazada con la mía, pero la sentía fría, húmeda. Yo lo apretaba con fuerza, deseando que ese contacto lo anclara al presente, que no se hundiera en la oscuridad que se avecinaba.—Todo va a salir bien —me escuché decir, aunque mi propia voz me sonó frágil. Era como si hablara más para mí que para él.Él no respondió. Solo giró un poco la cabeza, lo suficiente para mirarme. Sus ojos, esos ojos azules que solían iluminarse incluso en los días más grises, ahora estaban empañados, cargados de un dolor contenido que me desgarra
El aire entre nosotros aún vibraba con la intensidad del momento. La declaración de Alex había quedado suspendida como una melodía perfecta, y yo todavía sentía el corazón acelerado, como si en cualquier segundo pudiera salirse de mi pecho. No había esperado que lo dijera así, con tanta claridad, con esa mezcla de vulnerabilidad y firmeza que solo él podía lograr.Tenía sus manos sobre las mías, tibias, firmes, como un ancla que me sostenía.—Todavía no puedo creerlo —murmuré, apenas audiblemente.Alex entrelazó sus dedos con los míos, y en su mirada había algo nuevo: alivio, serenidad, pero también un brillo juguetón, casi travieso.—Créelo, Valentina —respondió con una sonrisa leve—. Porque esta vez no pienso dejar que la duda me aleje de ti.El camarero interrumpió para dejar los platos sobre la mesa, pero ni él ni las copas de vino lograron romper esa burbuja invisible que nos envolvía.Mientras probábamos la comida, las palabras comenzaron a fluir como si hubieran estado esperand
Último capítulo