—¡Bájame, grandulón! —protesta Reik, mientras Nicolás lo carga en brazos con facilidad, un dia despues.
—No —responde Nicolás con voz firme, aunque los ojos le brillan llenos de lágrimas contenidas—. Estás pálido. Te me vas a desmayar si sigues forzándote. Solo quedate quieto.
—¡No estoy pálido, es la luz de la ventana! —Reik patalea un poco, pero no con fuerza. En el fondo, le gusta estar así, sostenido, protegido.
Nicolás lo ignora y lo lleva directo hasta su cama, dejándolo con cuidado sobre