—¡Oye, cuidado con ese clavo! —grita Reik desde la escalera, sujetando un balde con pintura blanca.
—Tranquilo, cariño, que no me clavo yo mismo… aunque si quieres clavarme tú… —Nicolás se gira con esa sonrisa de medio lado, sudado, sin camiseta, la madera llena de aserrín y su torso cubierto de polvo y gotas de sudor.
—¡Nicolás! —Reik lanza una carcajada nerviosa, sintiendo cómo se le suben los colores hasta las orejas—. ¡Estás imposible!
—Lo sé —dice, guiñándole un ojo antes de volver a serru