El reloj de la sala marcaba las tres de la madrugada, pero nadie tenía ganas de dormir realmente. La casa estaba en silencio, salvo por el crujir leve de la madera y el murmullo distante del viento que golpeaba las ventanas. Ivanna estaba acurrucada en el sofá, las lágrimas secas todavía en sus mejillas, su respiración irregular y pesada. Los acontecimientos de la noche la habían dejado exhausta, pero más que el cansancio físico, era el peso emocional lo que la tenía atrapada.
Nathan y Nielsen