Los días comenzaron a tener un ritmo distinto.
Ya no eran noches de lágrimas escondidas ni mañanas llenas de culpas; poco a poco, Ivanna aprendió a respirar sin sentir que cada inhalación era una traición a lo que juró frente a la tumba de su madre.
Cada amanecer estaba lleno de pequeños gestos que iban curándola: Nielsen trayéndole un vaso de leche tibia antes de que se levantara, Nathan frotándole los pies cuando la hinchazón empezaba a notarse, las gemelas Rianna y Roselin arrastrándola a la