La mañana comenzó con una paz que me resultaba extraña. La luz del sol se filtraba suavemente y, por un instante, me sentí protegida por el calor del cuerpo de Máximo detrás de mí. Su brazo seguía rodeando mi cintura con firmeza, y su respiración profunda contra mi nuca era la melodía más dulce que había escuchado en años. Me permití cerrar los ojos un segundo más, saboreando el recuerdo de la noche anterior.
Pero la paz en la casa de Máximo nunca duraba mucho.
Unos golpes rápidos y nervi