Cuando salí del baño, Máximo estaba exactamente donde había prometido: apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y esa mirada que parecía leer mis pensamientos más profundos. En cuanto me vio, se enderezó y volvió a ofrecerse como mi apoyo, guiándome con paciencia de vuelta a la inmensa cama.
—Bien —dijo una vez que estuve acomodada entre las almohadas—, ya que tu espíritu rebelde no te permite quedarte quieta, vamos a tener que buscar una distracción que mantenga ese pie