El sol de la una de la tarde no pedía permiso. Golpeaba con una insistencia casi violenta contra los pesados cortinajes de terciopelo de la suite presidencial, logrando filtrar apenas unos hilos de luz dorada que bailaban como motas de polvo sobre la cama deshecha. El aire en la habitación todavía conservaba el eco de la noche anterior: una mezcla de fragancias costosas, el rastro metálico de la adrenalina y el calor persistente de dos cuerpos que se habían negado a soltarse. Amanda y Máximo ha