El trayecto hacia el hotel fue un preludio de lo que estaba por desatarse. En la penumbra de la camioneta, el aire se había vuelto denso, cargado de un magnetismo animal que la música suave de Sebastián no lograba disimular. Máximo, impulsado por el cóctel químico que recorría su sistema, no permitía que un solo centímetro de piel de Amanda quedara sin su marca.
Cuando el vehículo se detuvo frente a la entrada privada del hotel más exclusivo de la ciudad, Sebastián ni siquiera abrió la puerta.