Amanda sentía el pulso retumbar en sus oídos, un tamborileo errático y violento que competía con el eco amortiguado de las risas y la música que subían desde el salón principal. El contraste era atroz: abajo, la celebración del poder; arriba, el regreso de su mayor pesadilla.
Alejandro dio un paso más, invadiendo su espacio personal con una lentitud calculada. Su sola presencia exhalaba una arrogancia lasciva que no había disminuido con el paso de los años; al contrario, se había refinado con