La fiesta afuera era un rugido de opulencia, pero para Amanda, el sonido se había convertido en un zumbido blanco y asfixiante. Cada segundo bajo la mirada de Alejandro y el juicio de los invitados era una tortura. Máximo, percibiendo que Amanda estaba al borde del colapso, se inclinó hacia ella. Su cercanía fue como un ancla en medio de la tempestad; su aliento rozó su cuello, enviando una descarga de calor que, por un instante, logró disipar el frío gélido que Alejandro había sembrado en su