El trayecto en el auto fue un suplicio de silencio. Máximo conducía él mismo, con las manos apretando el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos, como si intentara no romperse en pedazos allí mismo. Yo miraba por la ventana, viendo la ciudad pasar como borrones de colores, mientras las palabras de Leticia —el reemplazo, el complejo de salvador— martilleaban en mi cabeza con una cadencia cruel.
Llegamos a mi edificio. Máximo detuvo el motor y se quedó mirando la fachada desc