Kael
El sonido del motor del auto alejándose fue como el estallido de una granada en el silencio de la tarde.
Me quedé de pie en el umbral de la cabaña, con el pecho subiendo y bajando de forma errática, mientras el aroma de Lyra ese rastro de nieve y ceniza que se había convertido en mi único oxígeno se desvanecía en el aire.
Cuando el silencio regresó por completo, el vacío me golpeó con la fuerza de un alud.
— ¡Maldita sea! —el grito surgió de lo más profundo de mis pulmones, desgarrando