Lyra
La paz de la madrugada era un espejismo. Apenas unas horas después de habernos entregado el uno al otro, cuando el calor de Kael a mi lado todavía era mi único refugio contra el mundo, el aire en la habitación cambió. No fue un ruido, ni un movimiento. Fue un olor. Un aroma a flores podridas y tierra húmeda de cementerio que se filtró por debajo de la puerta, serpenteando hacia nosotros como una serpiente invisible.
Me desperté con una punzada en el pecho tan violenta que me hizo doblarme sobre la cama. A mi lado, Kael soltó un alarido ronco, un sonido de agonía que nunca le había escuchado. Se llevó las manos a la base del cuello, justo donde nuestra marca de Mate brillaba con una luz negra y errática, como si estuviera siendo quemada con ácido.
— ¡Kael! —grité, pero mi propia voz se quebró.
Un dolor punzante, como si mil agujas de plata estuvieran atravesando mi columna vertebral, me dejó sin aliento. A través del lazo, sentí el alma de Kael desgarrándose. No era un ataque físi