Lyra
La noche había caído sobre la ciudadela con una pesadez inusual. El entrenamiento de la Guardia Solar y el esfuerzo por mantener la moral de la manada me habían dejado exhausta, pero no era un cansancio común.
Sentía una vibración bajo mi piel, un zumbido constante que parecía nacer desde el centro de mi ser y extenderse hacia las extremidades como hilos de electricidad dorada.
Me encontraba en mis aposentos, tratando de desatar las correas de cuero de mi corpiño, cuando una punzada de calor intenso emanó desde mi vientre. No fue doloroso, sino expansivo. Fue como si un sol en miniatura hubiera decidido estirarse dentro de mí.
— ¿Lyra? —la voz de Kael llegó desde la puerta. Entró con dos tazas de té de hierbas, pero se detuvo en seco apenas cruzó el umbral.
— ¿Qué pasa? —pregunté, girándome hacia él.
Kael dejó caer las tazas sobre la mesa de madera, el sonido de la cerámica rompiéndose apenas audible frente al fenómeno que estaba presenciando. Sus ojos dorados estaban fijos no e