Kael
Nunca he sido un hombre que le tema a la oscuridad. He nacido de ella, me he alimentado de sus silencios y la he usado como mi arma más letal. Pero cuando vi a Lyra mi vida, mi luz, mi Alpha desplomarse en mis brazos con la sangre brotando de sus ojos y nariz como un manantial de sacrificio, sentí un miedo que ninguna sombra pudo ocultar.
Corrí por los pasillos de la ciudadela ignorando el peso de mis propios pulmones ardiendo. Mis garras estaban enterradas en su costado, no por agresión, sino por la desesperación de mantenerla unida a este mundo. El rastro de su sangre iba marcando el suelo de piedra, un camino carmesí que gritaba mi fracaso como Mate.
— ¡Helena! —rugí al entrar en la enfermería, derribando la puerta de un golpe que hizo vibrar las paredes de cristal—. ¡Helena, ayúdala!
La sanadora no hizo preguntas. Su rostro se puso pálido al ver el estado de Lyra, pero sus manos se movieron con la precisión de quien ha desafiado a la muerte mil veces. Me obligaron a soltarla.