Kael
El reloj de la torre principal marcaba las tres de la mañana cuando mis pies, descalzos y cubiertos de una costra de barro y sangre seca, pisaron el mármol frío de la entrada de la mansión.
Los guardias de la puerta se quedaron petrificados.
Mi apariencia era la de un espectro: mi ropa estaba hecha jirones por la transformación salvaje, mi piel presentaba cortes de las zarzas y mis ojos seguían encendidos con el brillo dorado de un lobo que ha tocado fondo.
Había vagado por el bosque d