Luca se quedó mirando la carta, la caligrafía de Amelia borrosa a través de las lágrimas que nublaban su visión. «Me rompiste de una forma que ni la violación... ni mi madre muerta... habían podido». Y él lo había hecho, borracho y ciego.
Pero mientras la culpa lo consumía, una nueva emoción, más fría y afilada, comenzó a abrirse paso: la ira. Una ira dirigida no solo a s