Envueltos en las sábanas de seda del hotel, Luca y Amelia se quedaron frente al ventanal, observando cómo el sol terminaba de bañar las cúpulas romanas. El silencio solo era interrumpido por el murmullo lejano de la ciudad despertando. Luca pidió el desayuno a la habitación: café italiano fuerte, frutas frescas, cornetti calientes y jugo de naranja recién exprimido.
Un Desayuno de Promesas
Comieron en la pequeña mesa de la terraza privada, con el viento suave de la mañana acarici